Estudiantes del Instante

30 de octubre de 2017 borrador inédito

La culpa, la piedad y Dios

En aquellas épocas antiguas en que el hombre olvidó la divinidad de su ser, se abstrajo a las inconsistentes mareas de la dualidad, emprendiendo un viaje hacia realidades limitadas de su humanidad.
Su alma se internó en densidades tan pesadas, que derivaron en una terrorífica experiencias de dolor. El fondo del pantano es oscuro, y en él habitan lombrices, pasiones y demonios. Y no porque sea oscuro, sino porque el hombre prefirió ensimismarse en los movimiento del mundo y dejó de recordar a la consciencia viva que vibra en todo aquello que se mueve.
Ciego y perdido, el hombre luchó. No era una lucha realmente, sino una reacción orgánica de desesperación que trataba de salir a la superficie para respirar la pureza del aire libre que fluye por arriba de aquel pantano de dualismo.
Queriendo regresar a la infinitud que reina en sí mismo, quiso pensarse. Y pensarse, en el plano de la dualidad, era pensar en otro. Creó entonces a Dios, según la imagen de su pensamiento y en semejanza con los sufrimientos desgarradores que el hombre sintió en la carne roja de su humanidad.
La lucha que emprendió el hombre por escapar de la miseria que él mismo estaba concibiendo, era ciertamente la causa de su hundimiento. Pues, si se hubiera relajado, saldría a flote sin esfuerzo ni demora. Pero eso no era todo, sino que su indetenible urgencia de luchar era la expresión de vida que llenaba aquellas localidades en donde el hombre ubicaba su percepción. Es decir, luchaba para salir de su urgencia de luchar.