3 de enero de 2016 borrador inédito
El principio está aquí
En el principio es la nada.
En este principio, la vida se manifiesta desde esta nada hacia el universo de la vida. Y así se crea el todo. No hace miles, no hace eones. En este único instante se está desenvolviendo la existencia desde un origen sin el cual no existiría nada. "Hoy" es el principio. "Aquí" es el creador.
Este centro absoluto irradia creación hacia todas las posibilidades de la existencia. La luz está hecha, y todos los espacios en donde este rayo de luz toca, se convierten en existencia. Y así, a través de esta existencia prestada, todos estos espacios cobran vida. Y todo lo que ocurra en esta vida no es sino la forma en como este espacio específico de posibilidades de existencia percibe el rayo de luz atravesándole.
¿Es posible? La realidad de la existencia no es tal, sino que todo lo que existe es tan solo la vibración que tintinea bajo el avanzar de un rayo de luz a través de cada punto de percepción en el universo. La percepción vibra a la existencia.
Así, algo como un sol. En el centro que es el mismo ser de esta estrella, no hay nada. No porque no pudiera haber algo, sino porque si este algo existe, ya es entonces irradiación, no centro. Esto quiere decir que si algo existe, no es el centro. Todo lo que sí existe, ya es entonces un rayo de luz atravesando la existencia.
El principio de este rayo luminoso es la consciencia. Todo lo que existe, existe solamente porque es percibido por la consciencia. La consciencia es el espectador que pinta a la existencia. Frente a ella, el espectáculo se ilumina. !Acción! exclaman las sombras de una individualidad que danza en su caminar.
"Estoy aquí", dice un particular punto de la existencia. Y tiene razón, tal ubicación está aquí. No existe pero está aquí, pues está siendo percibido por la consciencia. "Estoy aquí" es entonces la voz de la consciencia que está siendo percibida como que está aquí.
Así que, ¿soy real?
Pues depende de quién digo que soy. Porque si me quedo diciendo, no soy real, pues soy tan solo un decir. Pero si estoy aquí, soy el origen del universo desde el cual el todo es percibido. En otras palabras, soy Dios.
!Cierto! ¿Cómo podría existir algo fuera de esta totalidad divina? ¿Cómo podría yo no estar aquí? Pues el universo es uno, aunque sus manifestaciones sean múltiples. No hay un "tú" que pueda escapar de la verdad de la unidad. Yo soy el que dice "tú", y yo soy el que me responde. Yo, cualquiera que sea el tintinear de cada rayo de luz atravesando todas las posibilidades de la existencia, siempre soy yo.
"Yo" es el principio. "Aquí" es entonces la creación.
Cada punto de la existencia, al ser consciente, va paulatinamente reconociendo el terreno en el que habita. Al comenzar, tal vez parece oscuro. Tal vez las cosas saben a sufrimiento. Pero todavía sin abrir los ojos, ya va formándose un hálito de esperanza que se hace presente a medida que el rayo de luz ilumina. Ese rayo de luz que está transcurriendo en un punto específico de la individualidad, se hace presente respirando en un cuerpo de vida.
Y en esta respiración, canto. Yo, el Verbo, canto.
Las ondas de vida nacen desde mi nada, haciendo vibrar el todo. Lo que yo soy como indivíduo no es sino el cantar de esta nada vibrando a través de un sonido. El sonido que define la existencia atraviesa una garganta que define el individuo. Yo soy el maestro de todas las oscilaciones que puedan ocurrir en la existencia, pues todas las oscilaciones son el movimiento de nada. Y yo soy esa nada, por la única verdad de que sin mí no podría existir un todo.
¿Y qué tan bien canto, es entonces la pregunta? No sería un el tema demasiado subjetivo, pues cada punto de percepción puede deliberadamente cantar mal. Si aquello suena bajo la etiqueta de "mal" se debe a que estoy cantando la melodía cuyas líricas rezan este palabra. Canto bien, diciendo "mal". Y canto mal cuando ese punto del espacio cree que es el que está cantando, cuando no es sino el rayo de luz que le atraviesa el que le da vida.
Pero voy afinando esta desafinación, porque entonces vengo y me escucho. Y me escucho porque soy la misma vibración que existe. Voy paulatinamente reconociendo el terreno que era el mapa de mi existencia. Ésta es mi voz. Sueno de esta manera mientras atravieso este existir. Me relajo entonces con madurez, y permito que el vientre, que el centro, sea el único que esté cantando.
El proceso de distensión ocurre a medida que voy identificando la realidad en cada punto de mi percepción. El rayo de luz va desidentificándose con el espacio que atraviesa. Y este espacio deja de tratar de ser el protagonista. No soy este espacio, y por lo tanto, no me preocupo. Cada punto del espacio suelta su desespero de existir, para que así el estruendo de la preocupación deje de pintar realidades preocupantes, para que así el rayo de luz atraviese sin obstrucciones. Aflojo el estruendor y comienzo a vibrar lo más sutilmente que me permita mi respiración. No hay que hacer nada, sino precisamente, ser nadie.
La canción más bonita del mundo, eso canto a todo mi alrededor. Sí lo feo se me atraviesa, me siento con él concentrando mi aliento de vida en la realidad de su propia nada, e impulso mi propia voz. Dejo todo caer, permitiendo que todas las cosas vibren, y que vibren sin la creencia de su pequeño existir. No hay definición para la existencia cuando yo soy lo incognoscible. Aquí estoy yo, y no hay nada más perfecto. No existe nada más magnánimo que la nada.
¿Qué otro principio más que la felicidad suprema?